Por David R. Lorenzo

Las narconovelas y las narcopelículas son géneros de la comunicación en auge en muchos países, como en la República Dominicana, cuya difusión no solo violan leyes que la mayoría de la gente no se imagina, como la 50-88, sobre drogas narcóticas, sino que no son aptas para determinado público, principalmente el infantil, porque promueven la violencia,  estimulan el consumo de estupefacientes, ensalzan a las mafias, difunden los más brutales y horribles crímenes y fomentan la maldad en todos los sentidos.

Aunque casi nadie lo mencione, el artículo 36 de Ley 50-88 censura ese tipo de difusión al establecer:  “se prohíbe cualquier tipo de publicación, publicidad, propaganda o programas a través de los medios de comunicación, que contengan estímulo y mensajes subliminales, auditivos, impresos o audiovisuales que tienda a favorecer el consumo y el tráfico ilícito de drogas y sustancias controladas”.

Pero también, el reglamento 824, sobre espectáculos públicos y radiofonía, aunque envejecido y fuera de actualidad, contiene una serie de disposiciones que tienen a proteger a la población de ese y otros tipos de difusión,  como las escenas violentas y  sexuales, pero en la práctica esa legislación forma parte del cementerio de legislaciones que no se aplican. 

Por ejemplo,   para citar algunas de ellas, el artículo 50 dice lo siguiente: “Queda terminantemente prohibido en las proyecciones cinematográficas destinadas a menores de (18) dieciocho años de uno y otro sexo, conforme se indicará en el artículo siguiente películas que contengan escenas, situaciones, leyendas o diálogos de carácter erótico y en general que por sus detalles o argumentos sean capaces de pervertir su sentido moral o proporcionen a dichos menores ejemplos perniciosos o experiencias prematuras para su edad”.

También, el artículo 84  expresa: “Queda prohibida toda transmisión que cause la corrupción del lenguaje o que sea contraria a las buenas costumbres, ya sea mediante expresiones maliciosas, palabras o imágenes perversas, frases de dobles sentidos, apología del crimen o la violencia y todo aquello que sea denigrante para el culto cívico de los héroes nacionales o para cualquier persona”.

Pero, más sorprendente es que el reglamento contiene sanciones económicas y pecuniarias, aunque no sé si algunas vez se hayan aplicado. Sobre ese sentido, el artículo 130 expresa: “Las violaciones al presente Reglamento serán sancionadas con multas de RD$25.00 (veinticinco pesos) a RD$100.00 (cien pesos oro) o prisión de quince días a tres meses o ambas penas a la vez”. 

Por igual, otra legislación bastante conocida  y aplicable en gran parte de su contenido es la No. 136-03, conocida como Código para la protección de Niños, Niñas y Adolescentes,  que contiene en su artículo 19, lo que denominada “derecho a la diversión”. 

El segundo párrafo de ese artículo dice:  “las emisoras de radio y televisión  transmitirán en horario clasificado para niños, niñas y adolescentes, programas con finalidad educativa, artística, cultural, informativa, y formativa en valores y prevención de la violencia”.

Pese a todos, los organismos encargados del combate a las drogas y el narcotráfico y la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía, el Ministerio Público y otros actores están indiferentes ante la propaganda y el culto a las drogas que se hace a través de las narconovelas y narcopelículas.

No hay dudas que hoy el mundo del narcotráfico está ganando un nuevo terrero, que es el de la narrativa, el del cine y el de la pantalla chica donde, encubiertos por el llamado entretenimiento, se promueven las drogas, la obtención de dinero, el lujo, las mujeres y las matanzas, en forma cada vez más exagerada y sin ningún tipo de restricción.

En una sociedad donde muchas encuestas dicen que el principal problema es la violencia y la delincuencia, estas series están promoviendo los antivalores, el sicariato, los gatilleros y los asesinatos, así como el culto al consumo y tráfico de drogas, las excentricidades, las colecciones de chicas de los capos y el lujo en su máximo esplendor, despertando el morbo de los deprimidos y de los que no tienen, así como de los que tienen, pero que quieren más. Actualmente miles de personas sin darse cuenta se han convertido en adictas a ver el crimen, a tal grado en que ya no se inmutan por las matanzas y, sin darse cuenta, hasta las disfrutan.

Otros, principalmente los jóvenes, sedientos de dinero y poder, toman el camino equivocado,  y de tanta promoción, el narcotráfico se está convirtiendo en algo rutinario y normal en nuestras sociedades. Mediante esas transmisiones, el adicto a las drogas aumenta más su placer al ver las escenas donde él se siente a sus anchas, y los narcotraficantes incipientes imitan las torturas y los crímenes, tratando de ranquearse para infundir mayor respeto, mientras que los expertos afinan sus métodos de crueldad.

En casi todas las series los narcotraficantes terminan mal, pero  al adicto eso no le importa, porque tiene una lógica distorsionada de la realidad. 

El mundo también está lleno de enfermos mentales y muchos de ellos han cometido las más crueles matanzas inspirados en películas y series de televisión, entre ellas Asesinos Natos, La Naranja Mecánica, Scream, Batman, el Caballero Oscuro y Chucky, el Muñeco Diabólico, entre otras.

Por esas y otras cosas, las autoridades deben prohibir definitivamente las narconovelas y las narcopelículas antes de que la sociedad dominicana se pierda más de lo que está y sea totalmente dominada por el mundo del narcotráfico y el sexo, y tengamos a la mayor parte de nuestra niñez y juventud,  totalmente dañada.

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